El Nápoli Argentino en Uruguay - Parte I
“¡Vamos la Celeste!”, sonó una y otra vez con fuerza durante tres días consecutivos en Montevideo pero no en alusión a la selección uruguaya de fútbol. Es que el Nápoli argentino copó la capital charrúa entre el viernes 2 y el domingo 4 de marzo de 2012 en lo que significó un fin de semana histórico, inolvidable, feliz, imborrable, alegre, amistoso, triunfal, emotivo, intenso, único, futbolero, irrepetible… Pareciera que no alcanzan los buenos calificativos para describir esta serie de hechos casi imposibles de relatarlos sin que se piante un lagrimón y pensar: “¡Qué ganas de volver!”.
“… dicen que me fui del barrio, pero si siempre estoy llegando”, supo decir Aníbal “Pichuco” Troilo en uno de sus más célebres y recordados tangos y así fue cómo empezó el periplo de Nápoli con el arribo de Nico G. a Buenos Aires desde Chicago para formar parte del primer amistoso internacional del equipo. Y por la tarde se sumó a Matías G., Cristian L., Ernesto, Ale, Víctor, Chuger, Leandro, Ricky y Nico B. en el aeroparque porteño para volar a Uruguay.
Lamentablemente, el plantel no pudo contar para este partido con las presencias de Miguel, José, Nacho, Sebastián, Javier, Matías M., Ginés, Matías M. y Joaquín; mientras que del otro lado del charco esperaba Cristian S., quien se había tomado el primer vuelo y arribado a territorio rival cerca del mediodía uruguayo.
La primera pasada del himno napolitano se escuchó en la sala de pre embarque del aeroparque, donde el equipo desplegó su larga bandera de los 10 años y atrajo la mirada de los viajeros presentes, entre ellos, un italiano que residía en Brasil pero que era hincha del Nápoli original y que no pudo creer lo que veía: 11 jugadores amateurs, cada uno con una remera celeste con el escudo del club coronado por una estrella inscripto en el pecho, a la altura del corazón, y en la espalda la premisa: “Uruguay 2012”.
Después de que los jugadores se sacaron las primeras fotos –también hubo un par de turistas extranjeros que retrataron lo que no podían entender- y filmaron los primeros momentos del viaje, los efectivos de la Policía de Seguridad Aeroportuaria les solicitaron que por favor bajaran el volumen de la música que emanaba del equipo de audio de Nico B., quien comenzaba a transformarse en el DJ del plantel.
Cómo no podía ser de otra manera, Matías G. fue el coordinador que se encargó de hacer el check in on line y así ahorrar tiempo en el aeroparque, por lo que la partida se desarrolló sin problemas ni demoras.
A bordo del jet de Aerolíneas Argentinas, uno de los pocos que no la pasó del todo bien fue Chuger, quien a raíz de su miedo a volar estuvo todo el viaje pálido y callado, mientras el resto, aprovechando que la aeronave iba semivacía continuó con las bromas y los cánticos.
Al aterrizar, hubo más fotos y videos con la bandera y una larga espera del arribo de la combi que le había reservado al plantel Aldo Macchio, el contacto uruguayo de Cristian L. y miembro organizador del equipo rival. Entre aquel y el Tanque ya habían organizado el itinerario meses antes.
La combi debía llevarnos luego hasta el Hostel Che Lagarto, ubicado frente a la Plaza Independencia, en la entrada de la Ciudad Vieja, donde Aldo también había reservado las habitaciones para los jugadores argentinos.
Mientras el plantel aguardaba la llegada del vehículo de alquiler, la entrada al hall de arribos del aeropuerto de Carrasco se vistió de fiesta con la música del equipo, a tal punto que hasta los taxistas locales se sumaron a los cantitos y pasos de baile improvisados.
Tras un rato largo, la combi conducida por Fernando finalmente llegó y nos trasladó hasta el hostel, pero en el camino por la avenida que bordeaba toda la costanera del Río de la Plata hubo dos paradas: una en un supermercado, para comprar fernet y coca; la otra en una estación de servicio, para el hielo. “Paremos de viajar”, expresó entre risas Nico G., quien llevaba en sus espaldas 14 horas de vuelo más que el resto.
Anochecía cuando el equipo entró a Che Lagarto donde Cristian S. los esperaba descansado, ya que había dormido dos siestas. Allí, Matías G. sacó lustre a su rol de coordinador y consiguió las tres piezas y hasta una rebaja en el precio que cada uno debía pagar por las dos noches. También se encargó de realizar el sorteo correspondiente para definir quién dormía con quién.
El resultado fue el siguiente: Cristian L., Ale, Nico B., Chuger y Víctor en una habitación de 5; al lado de ésta, en una de 4, Matías G., Leandro y Cristian S.; y un piso más abajo, Ernesto, Ricky, Nico G. y Esteban en otra de 4.
El hostel era una casona antigua, de techos y aberturas altas y pisos de madera dentro de las habitaciones, aunque fuera de ellas el suelo estaba recubierto por mosaicos y mármol.
Frente a las habitaciones contiguas de la planta alta se encontraba un balcón interno que daba al hall del primer piso y fue embanderado de celeste, y contiguo a este funcionaba una especie de living con un sillón doble y dos individuales que se convirtió en el punto de reunión y de brindis del equipo.
A esa hora, todo el plantel estaba descansado, bañado y cambiado en la plaza frente al hostel, donde se sacó algunas fotos junto al histórico monumento del arco de entrada a la Ciudad Vieja. Pero recién una hora después, el combinan Fernando lo pasó a buscar. “Pinché”, fue la explicación del chofer que tenía la corbata de bincha y esa misma noche tenía que llevar y traer invitados a un casamiento
El retraso despertó un hambre voraz, por lo que los pobres mozos de la pizzería fueron asaltados cada vez que les llevaban la comida a los jugadores desesperados. Las humeantes porciones volaban de las bandejas antes de que éstas fueran apoyadas en la mesa cubierta por chopps de cerveza bien fría, ideal para una noche calurosa.
Si bien ya había habido algunos indicios de que el tipo de cambio iba a resultar un inconveniente a la hora de pagar las cuentas, la cena terminó de confirmarlo. Ernesto decidió pagar por todos con su tarjeta de crédito y a cambio recibió una pila multicolor de billetes de diferentes valores y procedencia. Los dólares son siempre verdes y de un tamaño similar a los pesos argentinos, pero los pesos uruguayos apenas entran en la billetera.
Luego de sacar infinitas cuentas con las calculadoras de los teléfonos celulares, el plantel se fue a tomar unos tragos por la zona y regresó por etapas y en pequeños grupos al hostel. El último en llegar, solo, fue Esteban, quien encima fue asaltado a la salida de un boliche por un ladrón que le robó los pocos pesos que le habían quedado pero no se llevó la billetera con los documentos. Pero ni siquiera este incidente pudo empañar lo que el equipo había vivido ese día ni mucho menos lo que estaba por venir...
“… dicen que me fui del barrio, pero si siempre estoy llegando”, supo decir Aníbal “Pichuco” Troilo en uno de sus más célebres y recordados tangos y así fue cómo empezó el periplo de Nápoli con el arribo de Nico G. a Buenos Aires desde Chicago para formar parte del primer amistoso internacional del equipo. Y por la tarde se sumó a Matías G., Cristian L., Ernesto, Ale, Víctor, Chuger, Leandro, Ricky y Nico B. en el aeroparque porteño para volar a Uruguay.
Lamentablemente, el plantel no pudo contar para este partido con las presencias de Miguel, José, Nacho, Sebastián, Javier, Matías M., Ginés, Matías M. y Joaquín; mientras que del otro lado del charco esperaba Cristian S., quien se había tomado el primer vuelo y arribado a territorio rival cerca del mediodía uruguayo.
La primera pasada del himno napolitano se escuchó en la sala de pre embarque del aeroparque, donde el equipo desplegó su larga bandera de los 10 años y atrajo la mirada de los viajeros presentes, entre ellos, un italiano que residía en Brasil pero que era hincha del Nápoli original y que no pudo creer lo que veía: 11 jugadores amateurs, cada uno con una remera celeste con el escudo del club coronado por una estrella inscripto en el pecho, a la altura del corazón, y en la espalda la premisa: “Uruguay 2012”.
Después de que los jugadores se sacaron las primeras fotos –también hubo un par de turistas extranjeros que retrataron lo que no podían entender- y filmaron los primeros momentos del viaje, los efectivos de la Policía de Seguridad Aeroportuaria les solicitaron que por favor bajaran el volumen de la música que emanaba del equipo de audio de Nico B., quien comenzaba a transformarse en el DJ del plantel.
Cómo no podía ser de otra manera, Matías G. fue el coordinador que se encargó de hacer el check in on line y así ahorrar tiempo en el aeroparque, por lo que la partida se desarrolló sin problemas ni demoras.
A bordo del jet de Aerolíneas Argentinas, uno de los pocos que no la pasó del todo bien fue Chuger, quien a raíz de su miedo a volar estuvo todo el viaje pálido y callado, mientras el resto, aprovechando que la aeronave iba semivacía continuó con las bromas y los cánticos.
Al aterrizar, hubo más fotos y videos con la bandera y una larga espera del arribo de la combi que le había reservado al plantel Aldo Macchio, el contacto uruguayo de Cristian L. y miembro organizador del equipo rival. Entre aquel y el Tanque ya habían organizado el itinerario meses antes.
La combi debía llevarnos luego hasta el Hostel Che Lagarto, ubicado frente a la Plaza Independencia, en la entrada de la Ciudad Vieja, donde Aldo también había reservado las habitaciones para los jugadores argentinos.
Mientras el plantel aguardaba la llegada del vehículo de alquiler, la entrada al hall de arribos del aeropuerto de Carrasco se vistió de fiesta con la música del equipo, a tal punto que hasta los taxistas locales se sumaron a los cantitos y pasos de baile improvisados.
Tras un rato largo, la combi conducida por Fernando finalmente llegó y nos trasladó hasta el hostel, pero en el camino por la avenida que bordeaba toda la costanera del Río de la Plata hubo dos paradas: una en un supermercado, para comprar fernet y coca; la otra en una estación de servicio, para el hielo. “Paremos de viajar”, expresó entre risas Nico G., quien llevaba en sus espaldas 14 horas de vuelo más que el resto.
Anochecía cuando el equipo entró a Che Lagarto donde Cristian S. los esperaba descansado, ya que había dormido dos siestas. Allí, Matías G. sacó lustre a su rol de coordinador y consiguió las tres piezas y hasta una rebaja en el precio que cada uno debía pagar por las dos noches. También se encargó de realizar el sorteo correspondiente para definir quién dormía con quién.
El resultado fue el siguiente: Cristian L., Ale, Nico B., Chuger y Víctor en una habitación de 5; al lado de ésta, en una de 4, Matías G., Leandro y Cristian S.; y un piso más abajo, Ernesto, Ricky, Nico G. y Esteban en otra de 4.
El hostel era una casona antigua, de techos y aberturas altas y pisos de madera dentro de las habitaciones, aunque fuera de ellas el suelo estaba recubierto por mosaicos y mármol.
Frente a las habitaciones contiguas de la planta alta se encontraba un balcón interno que daba al hall del primer piso y fue embanderado de celeste, y contiguo a este funcionaba una especie de living con un sillón doble y dos individuales que se convirtió en el punto de reunión y de brindis del equipo.
El balcón de la planta alta del hostel decorada con la bandera del equipo.
En ese lugar se tomaron no sólo los tragos de fernet sino las decisiones organizativas para poder seguir adelante con el itinerario prefijado. La primera fue ir a cenar a Pocitos y para ello la combi fue convocada para las 22.30.A esa hora, todo el plantel estaba descansado, bañado y cambiado en la plaza frente al hostel, donde se sacó algunas fotos junto al histórico monumento del arco de entrada a la Ciudad Vieja. Pero recién una hora después, el combinan Fernando lo pasó a buscar. “Pinché”, fue la explicación del chofer que tenía la corbata de bincha y esa misma noche tenía que llevar y traer invitados a un casamiento
El retraso despertó un hambre voraz, por lo que los pobres mozos de la pizzería fueron asaltados cada vez que les llevaban la comida a los jugadores desesperados. Las humeantes porciones volaban de las bandejas antes de que éstas fueran apoyadas en la mesa cubierta por chopps de cerveza bien fría, ideal para una noche calurosa.
Si bien ya había habido algunos indicios de que el tipo de cambio iba a resultar un inconveniente a la hora de pagar las cuentas, la cena terminó de confirmarlo. Ernesto decidió pagar por todos con su tarjeta de crédito y a cambio recibió una pila multicolor de billetes de diferentes valores y procedencia. Los dólares son siempre verdes y de un tamaño similar a los pesos argentinos, pero los pesos uruguayos apenas entran en la billetera.
Luego de sacar infinitas cuentas con las calculadoras de los teléfonos celulares, el plantel se fue a tomar unos tragos por la zona y regresó por etapas y en pequeños grupos al hostel. El último en llegar, solo, fue Esteban, quien encima fue asaltado a la salida de un boliche por un ladrón que le robó los pocos pesos que le habían quedado pero no se llevó la billetera con los documentos. Pero ni siquiera este incidente pudo empañar lo que el equipo había vivido ese día ni mucho menos lo que estaba por venir...

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